Cállate, viejo tramposo, porque me hiciste creer que estaba muerta y no era cierto, le habías cosido los ojos; pero ella los abrió. Y a pesar de que tiraste de las puntas del hilo para que los cerrara, los volvió a abrir. Y cuando te pregunté por qué si está muerta abre los ojos, me contestaste que a los muertos hay que cosérselos para que no se asusten en la tumba. Entonces te dije por qué no se los pegás con poxipol, y me respondiste que eso era una crueldad. En ese momento ella los abrió y te miró, y no pudiendo soportarlo me confesaste que en realidad estaba más muerta que viva, como Franco. Me enojé y te pregunté para qué la habías metido en el cajón envuelta en esa mortaja, y por qué no esperaste a que Dios se llevara su alma. Me contestaste que en realidad eso no era muy importante, porque faltando tan poco para el final había que apurar las cosas, y que mientras ella iba pegando sus últimos suspiros nosotros podíamos ir preparando el velorio… Te dije que no entendía por qué en la aula de la vieja escuela, y si no teníamos para un lugar más decente, y me pediste perdón porque yo estaba muy enojado. La sacamos del cajón y le pusimos su camisón de enferma. Ella sonrió, y me sentí muy bien por su sonrisa y muy mal porque se iba. Después, me rogaste que saliera porque tenías que hablar a solas con ella, y pensé que era tu mujer y yo tu hijo, y el de ella, y que no tenía derecho a meterme en sus vidas privadas, pero también se me ocurrió que estabas tramando algo y te previne que si la ahogabas te iba a matar, pero me contestaste que me tranquilizara porque lo único que ibas a intentar era convencerla de que se muera de una vez. Salí al pasillo y vi a todos mis compañeros de escuela llorando por la desgracia que me había tocado, y pensé: “No tengo tiempo de llorar porque mi padre es muy cruel y quiere enterrar a mi madre en vida, y a pesar de que le debo respeto no puedo permitir que lo haga”. Al rato saliste para decirme que estaba bien y que le habías prometido una fiesta de despedida a la que iba a venir, por sus propios medios; te pregunté que cómo lo haría si no podía caminar. “Bueno, bueno, —dijiste— la convencí de que pasara al otro barrio con optimismo”. A mí me pareció bárbaro por la presencia de ánimo de mi madre que en un momento así quisiera bailar un vals conmigo, y pensé que era un lindo regalo. En la fiesta le iba a pedir perdón por todas mis fechorías, y además que no me asustara después de muerta y que viniera todas las noches y me pusiera una mano sobre mi frente para ver si tenía fiebre. Fui al baño, me afeité, y me peiné con raya al medio como a ella le gustaba; me puse la colonia francesa que me regaló para mi cumpleaños y el traje de marinero que me cosió un famoso modisto del centro.
Cuando salí al pasillo, reluciente y apenado, tragando lágrimas y ensayando una sonrisa, sentí un gran murmullo en el salón y pensé que ya debían estar los invitados y que se me había hecho tarde. Corrí hasta el salón saltando de dos en dos los escalones, abrí la puerta y vi a muchos señores y señoras, amigos de ustedes…
Un señor de sombrero con lentes y su mujer que usa faja para que no se le noten los rollos. La abuela y el ex–marido vuelto a casar con ella misma. Los dueños de la pompa fúnebre, tan derechitos y duros como pinos, repartiendo tarjetas y sonrisas. La prima del tío con esos ojazos azules y su cabello de trigo que te producen como un hormiguero en los pantalones. Los sobrinos del cabo de enfrente que perdieron varias piernas en la guerra y van todos juntos agarrados de la cintura como un ciempiés. La Negra, dueña de la pensión. Una señorita embarazada de la otra cuadra que los pibes llaman semáforo. Don Lázaro, con su mujer colgada del brazo, que cuando ésta le metió los cuernos se quiso ahorcar en el galponcito de la azotea, pero con tan mala suerte que patinó y se le vino encima, tuvieron que llamar a la Municipalidad para sacarlo de la montaña de escombros. Don Vicente, el almacenero, con sus uñas negras que me dan tanto asco cuando toca el jamón. El Ñato, pelirrojo, primo de mamá, que trabaja en el Banco Hipotecario. Los viejos que juegan al truco con el abuelo. Don Escudero con sus caramelos y Don Santiago, tan elegante con su sombrero de pana. Estaban todos, todos…
Y todos me hablaban, y me palmeaban, y me felicitaban por el traje y preguntaron cuándo iba a llegar mamá. Entonces te vi, viejo bucanero, y te pregunté por qué tardaba tanto y me contestaste que se debería haber atrasado con el arreglo…
De repente vi el cajón, corrí hasta él y estaba vacío, volví y te grité qué nueva fechoría estabas planeando, me contestaste que ella iba a pasar la noche allí y cuando todo hubiera terminado la enterraríamos. Se me cayeron las lágrimas de rabia porque todo lo de la fiesta era una mentira y mi vals un cuento de hadas, y yo me lo creí. Te volví a preguntar si eras tan cretino como para haberla matado y me contestaste que no, que cuando ella llegara me iba a convencer por mis propios ojos. Esperé con mucha impaciencia y me quedé dormido a los pies del cajón.
Me despertaron unos aplausos, y me paré asustado, con la garganta llena de sueño, y la vi, a ella, a mi madre, paradita y con una sonrisa de esfuerzo como Santa Teresita de Lisieux, con una valija marrón, con sus piernas gordas, temblando, y sus cabellos rojos agarrados con una red; y vi sus ojos, y me parecieron más lindos que los de la prima rubia, y le sonreí, pero ella no me vio. Avanzó saludando a toda la gente que la aplaudía y le tiraba flores.
Pasó al cuarto de al lado para ponerse la mortaja que traía en la valijita, mi padre me pidió que saliera un momento para no impresionarme cuando la izaran al cajón. Le rogué que no la lastimaran y que me avisara cuando estuviera lista. “Cuánto va a durar la fiesta”, le pregunté, y me dijo que calculaba que no iba a pasar de las cuatro, hora en que cerraban el Cementerio, y que al día siguiente era feriado y no la podríamos enterrar. Miré mi reloj y ya eran las dos, y pensé: “Qué pasa si dura más de las cuatro”; pero me adivinó el pensamiento y me tranquilizó con que era imposible y que si así fuera Dios proveería. “Ojalá dure”, pensé, “así no la puede enterrar y se queda conmigo”; y salí para no sentir miedo al verla con la mortaja como esa vez con la momia del museo.
En mi pieza me esperaban unos amigos para jugar al teatro. Pensaron un ejercicio donde yo tenía que hacer un personaje que se ponía a llorar. Y lo intenté y no me salía porque estaba muy preocupado por lo que pasaba en el salón; uno me insultó y me dijo que no le entraba en la cabeza que no pudiera llorar si había estudiado tantos años teatro. Lo miré y pensé que no tenía derecho a usar lo de mi madre, porque si lo hacía seguro que lloraba, y me lo imaginé, y lloré, y cuando me vio llorar con tanto sentimiento se asustó y me preguntó qué pasaba. Le conté que mi madre se había muerto y no me había perdonado… Cortamos la improvisación. El otro estaba maravillado por el personaje que estaba haciendo, me felicitó, pero lo rechacé cuando se me ocurrió que por ahí del otro lado había pasado, del lado de la vida, y me hice un mea culpa, y le pregunté a mi amigo si no era muy cretino en llorar de mentiras por algo que va a suceder irremediablemente. Él me contestó que no, que eso era la memoria emotiva; le grité que eso era imposible, y que era un mentiroso porque mi madre estaba viva y salí corriendo.
En el pasillo encontré a mi padre que se paseaba como un león enjaulado, y le pregunté qué pasaba, me contestó muy nervioso que ya eran las cuatro, y qué se creía mi madre, que iba a hacer como toda la vida, que había que esperarla hasta el cansancio, que hasta los caballos de las carrozas ya estaban impacientes. Y pensé: “¡Bien, vieja, cagalo!” “Y ahora qué vamos a hacer”, le dije con mal disimulada preocupación. Él me miró con sus ojos de calculista, y me preguntó si yo me opondría a que la cerráramos y se muriera por el camino. Se me nublaron los ojos de la furia, y él se dio cuenta, y dijo: “¡Ni una palabra más! Esperamos…” Me puse al lado del cajón para vigilarla, él se acercó y me contó que la pobre había vomitado. De repente miró el reloj y dijo: “No hay nada que hacer… Ya la cerraron.” A mí me dio un vuelco el corazón, miré el cajón pero estaba abierto, lo miré a mi padre y le hice con el dedo de que estaba loco. “El Cementerio ya está cerrado —me contestó—. La vamos a tener que enterrar bajo el limonero…” Yo ale dije que eso a mí no me importaba y ella estornudó tres veces porque los limones le daban alergia. Esperamos…
Al rato mi madre empezó a respirar cada vez más fuerte, y más despacio, a veces movía la boca como si respirara pero no tragaba aire, porque tenía cáncer al pulmón y hacía el reflejo, y a veces hasta diez veces lo hacía, y la gente se ponía nerviosa y comentaba: “Ya se va, ya se va”, y se preparaban los pañuelos para llorar. Pero yo hacía fuerza y pensaba: “¡Por favor, vieja, respira!” Entonces ella respiraba una vez, y seguía con el ritmo, y las señoras guardaban el pañuelo con cara de resignadas, mientras los hombres prendían cigarrillos. Y así pasaron varias horas.
A las doce de la noche la gente no se quiso quedar más, se fue media ofendida, cansada y transpirada. Mi madre aguantaba, me guiñó un ojo y le dije al oído: “¡Aguanta! …” Me hizo con la cabeza que sí.
Cuando nos quedamos los tres solos papá me miraba con bronca, y empezó con que en la sala hacía mucho calor, y con que ella estaba oliendo muy mal, porque la pobre se estaba muriendo en vida. Entonces me propuso que saliéramos a tomar fresco. La verdad que hacía calor, por eso acepté. Salimos y vi a los obreros que estaban cavando la fosa en el jardín. A una indicación de mi padre dejaron las herramientas y sacaron a mi madre con cajón y todo. La pusieron bajo la parra. Nos acomodamos uno a cada lado de ella y mi padre se quedó dormido. Me levanté y me quedé mirando a los obreros que trabajaban en la fosa. Y las estrellas estaban altas y la luna iluminaba.
Cuando terminaron limpiaron sus palas y se secaron los sobacos con las camisas. Cuchicheando algo entre ellos se acercaron a mi padre, uno le tocó el hombro. Mi padre pegó un brinco y dijo: “¿Qué hay?”, con voz de ahorcado. Los obreros le dijeron que ya estaban podridos y que la fosa estaba lista. Él asintió con la cabeza, los miró con inteligencia y les hizo un gesto para que trajeran la tapa del cajón. Le pregunté por qué ordenaba eso y me contestó que la tapa era muy pesada y que después los dos solos no la íbamos a poder levantar.
Cuando llegaron los obreros, a una orden de mi padre, comenzaron a arrimar la tapa al cajón, pero yo, más rápido que ellos, me colé dentro. Estaba muy oscuro y temblaba de miedo. Levantaron la tapa y mi padre me sacó a pesar de mis gritos. “¡Ciérrenlo ya!”, les dijo mi padre. Yo no podía creer lo que pasaba a pesar de estar viéndolo, y pateé a mi padre, y lo arañé, y le mordí la mano que me puso en la boca, y recién cuando le pateé ahí me soltó. Pero ya estaba cerrado y no tenía fuerzas para desenroscar los tornillos, y me lastimé los dedos, y golpeé la tapa, y escuché, pero ni un ruido, y pensé qué desgracia quizás esté muerta. Vino un obrero alto y me agarró por la cintura, yo me puse a llorar como un marrano, los otros pasaron una soga por las manijas del cajón y lo bajaron a la fosa. Le grité a mi padre si no podía esperar un poquito más, pero él me contestó: “¡No hay tiempo… Ya está amaneciendo…!” Me quedé muy quieto y el obrero al ver que no oponía resistencia me soltó. ¡Entonces empecé a correr con todas mis fuerzas hasta el hoyo negro bajo mis pies…!
Cuando salí al pasillo, reluciente y apenado, tragando lágrimas y ensayando una sonrisa, sentí un gran murmullo en el salón y pensé que ya debían estar los invitados y que se me había hecho tarde. Corrí hasta el salón saltando de dos en dos los escalones, abrí la puerta y vi a muchos señores y señoras, amigos de ustedes…
Un señor de sombrero con lentes y su mujer que usa faja para que no se le noten los rollos. La abuela y el ex–marido vuelto a casar con ella misma. Los dueños de la pompa fúnebre, tan derechitos y duros como pinos, repartiendo tarjetas y sonrisas. La prima del tío con esos ojazos azules y su cabello de trigo que te producen como un hormiguero en los pantalones. Los sobrinos del cabo de enfrente que perdieron varias piernas en la guerra y van todos juntos agarrados de la cintura como un ciempiés. La Negra, dueña de la pensión. Una señorita embarazada de la otra cuadra que los pibes llaman semáforo. Don Lázaro, con su mujer colgada del brazo, que cuando ésta le metió los cuernos se quiso ahorcar en el galponcito de la azotea, pero con tan mala suerte que patinó y se le vino encima, tuvieron que llamar a la Municipalidad para sacarlo de la montaña de escombros. Don Vicente, el almacenero, con sus uñas negras que me dan tanto asco cuando toca el jamón. El Ñato, pelirrojo, primo de mamá, que trabaja en el Banco Hipotecario. Los viejos que juegan al truco con el abuelo. Don Escudero con sus caramelos y Don Santiago, tan elegante con su sombrero de pana. Estaban todos, todos…
Y todos me hablaban, y me palmeaban, y me felicitaban por el traje y preguntaron cuándo iba a llegar mamá. Entonces te vi, viejo bucanero, y te pregunté por qué tardaba tanto y me contestaste que se debería haber atrasado con el arreglo…
De repente vi el cajón, corrí hasta él y estaba vacío, volví y te grité qué nueva fechoría estabas planeando, me contestaste que ella iba a pasar la noche allí y cuando todo hubiera terminado la enterraríamos. Se me cayeron las lágrimas de rabia porque todo lo de la fiesta era una mentira y mi vals un cuento de hadas, y yo me lo creí. Te volví a preguntar si eras tan cretino como para haberla matado y me contestaste que no, que cuando ella llegara me iba a convencer por mis propios ojos. Esperé con mucha impaciencia y me quedé dormido a los pies del cajón.
Me despertaron unos aplausos, y me paré asustado, con la garganta llena de sueño, y la vi, a ella, a mi madre, paradita y con una sonrisa de esfuerzo como Santa Teresita de Lisieux, con una valija marrón, con sus piernas gordas, temblando, y sus cabellos rojos agarrados con una red; y vi sus ojos, y me parecieron más lindos que los de la prima rubia, y le sonreí, pero ella no me vio. Avanzó saludando a toda la gente que la aplaudía y le tiraba flores.
Pasó al cuarto de al lado para ponerse la mortaja que traía en la valijita, mi padre me pidió que saliera un momento para no impresionarme cuando la izaran al cajón. Le rogué que no la lastimaran y que me avisara cuando estuviera lista. “Cuánto va a durar la fiesta”, le pregunté, y me dijo que calculaba que no iba a pasar de las cuatro, hora en que cerraban el Cementerio, y que al día siguiente era feriado y no la podríamos enterrar. Miré mi reloj y ya eran las dos, y pensé: “Qué pasa si dura más de las cuatro”; pero me adivinó el pensamiento y me tranquilizó con que era imposible y que si así fuera Dios proveería. “Ojalá dure”, pensé, “así no la puede enterrar y se queda conmigo”; y salí para no sentir miedo al verla con la mortaja como esa vez con la momia del museo.
En mi pieza me esperaban unos amigos para jugar al teatro. Pensaron un ejercicio donde yo tenía que hacer un personaje que se ponía a llorar. Y lo intenté y no me salía porque estaba muy preocupado por lo que pasaba en el salón; uno me insultó y me dijo que no le entraba en la cabeza que no pudiera llorar si había estudiado tantos años teatro. Lo miré y pensé que no tenía derecho a usar lo de mi madre, porque si lo hacía seguro que lloraba, y me lo imaginé, y lloré, y cuando me vio llorar con tanto sentimiento se asustó y me preguntó qué pasaba. Le conté que mi madre se había muerto y no me había perdonado… Cortamos la improvisación. El otro estaba maravillado por el personaje que estaba haciendo, me felicitó, pero lo rechacé cuando se me ocurrió que por ahí del otro lado había pasado, del lado de la vida, y me hice un mea culpa, y le pregunté a mi amigo si no era muy cretino en llorar de mentiras por algo que va a suceder irremediablemente. Él me contestó que no, que eso era la memoria emotiva; le grité que eso era imposible, y que era un mentiroso porque mi madre estaba viva y salí corriendo.
En el pasillo encontré a mi padre que se paseaba como un león enjaulado, y le pregunté qué pasaba, me contestó muy nervioso que ya eran las cuatro, y qué se creía mi madre, que iba a hacer como toda la vida, que había que esperarla hasta el cansancio, que hasta los caballos de las carrozas ya estaban impacientes. Y pensé: “¡Bien, vieja, cagalo!” “Y ahora qué vamos a hacer”, le dije con mal disimulada preocupación. Él me miró con sus ojos de calculista, y me preguntó si yo me opondría a que la cerráramos y se muriera por el camino. Se me nublaron los ojos de la furia, y él se dio cuenta, y dijo: “¡Ni una palabra más! Esperamos…” Me puse al lado del cajón para vigilarla, él se acercó y me contó que la pobre había vomitado. De repente miró el reloj y dijo: “No hay nada que hacer… Ya la cerraron.” A mí me dio un vuelco el corazón, miré el cajón pero estaba abierto, lo miré a mi padre y le hice con el dedo de que estaba loco. “El Cementerio ya está cerrado —me contestó—. La vamos a tener que enterrar bajo el limonero…” Yo ale dije que eso a mí no me importaba y ella estornudó tres veces porque los limones le daban alergia. Esperamos…
Al rato mi madre empezó a respirar cada vez más fuerte, y más despacio, a veces movía la boca como si respirara pero no tragaba aire, porque tenía cáncer al pulmón y hacía el reflejo, y a veces hasta diez veces lo hacía, y la gente se ponía nerviosa y comentaba: “Ya se va, ya se va”, y se preparaban los pañuelos para llorar. Pero yo hacía fuerza y pensaba: “¡Por favor, vieja, respira!” Entonces ella respiraba una vez, y seguía con el ritmo, y las señoras guardaban el pañuelo con cara de resignadas, mientras los hombres prendían cigarrillos. Y así pasaron varias horas.
A las doce de la noche la gente no se quiso quedar más, se fue media ofendida, cansada y transpirada. Mi madre aguantaba, me guiñó un ojo y le dije al oído: “¡Aguanta! …” Me hizo con la cabeza que sí.
Cuando nos quedamos los tres solos papá me miraba con bronca, y empezó con que en la sala hacía mucho calor, y con que ella estaba oliendo muy mal, porque la pobre se estaba muriendo en vida. Entonces me propuso que saliéramos a tomar fresco. La verdad que hacía calor, por eso acepté. Salimos y vi a los obreros que estaban cavando la fosa en el jardín. A una indicación de mi padre dejaron las herramientas y sacaron a mi madre con cajón y todo. La pusieron bajo la parra. Nos acomodamos uno a cada lado de ella y mi padre se quedó dormido. Me levanté y me quedé mirando a los obreros que trabajaban en la fosa. Y las estrellas estaban altas y la luna iluminaba.
Cuando terminaron limpiaron sus palas y se secaron los sobacos con las camisas. Cuchicheando algo entre ellos se acercaron a mi padre, uno le tocó el hombro. Mi padre pegó un brinco y dijo: “¿Qué hay?”, con voz de ahorcado. Los obreros le dijeron que ya estaban podridos y que la fosa estaba lista. Él asintió con la cabeza, los miró con inteligencia y les hizo un gesto para que trajeran la tapa del cajón. Le pregunté por qué ordenaba eso y me contestó que la tapa era muy pesada y que después los dos solos no la íbamos a poder levantar.
Cuando llegaron los obreros, a una orden de mi padre, comenzaron a arrimar la tapa al cajón, pero yo, más rápido que ellos, me colé dentro. Estaba muy oscuro y temblaba de miedo. Levantaron la tapa y mi padre me sacó a pesar de mis gritos. “¡Ciérrenlo ya!”, les dijo mi padre. Yo no podía creer lo que pasaba a pesar de estar viéndolo, y pateé a mi padre, y lo arañé, y le mordí la mano que me puso en la boca, y recién cuando le pateé ahí me soltó. Pero ya estaba cerrado y no tenía fuerzas para desenroscar los tornillos, y me lastimé los dedos, y golpeé la tapa, y escuché, pero ni un ruido, y pensé qué desgracia quizás esté muerta. Vino un obrero alto y me agarró por la cintura, yo me puse a llorar como un marrano, los otros pasaron una soga por las manijas del cajón y lo bajaron a la fosa. Le grité a mi padre si no podía esperar un poquito más, pero él me contestó: “¡No hay tiempo… Ya está amaneciendo…!” Me quedé muy quieto y el obrero al ver que no oponía resistencia me soltó. ¡Entonces empecé a correr con todas mis fuerzas hasta el hoyo negro bajo mis pies…!

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